martes, 3 de diciembre de 2013

Quédate donde estás


Conversaciones a la intemperie de crueles madrugadas, cuya labia toma plena libertad del principio lesivo que contextualiza la ya desgastada tesitura. Nos convertimos, a menudo, en científicos sociales, desglosando conductas que estrujan el alma... Son charlas de sobremesa que brindan en honor a saturnales intelectuales extremadamente desgarradoras. Hoy, a pesar de ser miércoles, la noche estaba envuelta de un sopor etílico necesario que ha entonado una melodía al compás de un letargo inducido por los Jardines del Real. Son momentos que, aunque con agradecida perspectiva, permiten vislumbrar las situaciones sólo desde un punto de vista meramente especulativo... Hay cosas que no se pueden analizar de forma experimental.... La esfera pasional no es una realidad en sí misma. Es una tendencia estúpida comparable a la manía y al placer de la costumbre. Me condiciona... Me aprieta... Me jode. Llevo la sensibilidad a flor de piel. Es algo sentimentalmente asesino... Una cualidad a veces odiosa para quien la vive. Aun así, es un calificativo personal, que no cambiaría bajo ningún concepto por las características que regala la ley admirable de quien no ha sufrido. Vamos decretando a la ligera, intentando fortificar con murallas algo evidentemente destructible. Me río ahora mismo de mis acciones utópicas, porque no aprendo que el laconismo afectivo vacía de contenido existencial cualquier proceder mínimamente tendencioso. Me llevo demasiado bien con la lengua de la tentativa. A la vista está. Los atentados sutilmente intencionados contra uno mismo lo evidencian. El motivo infanticida de esto último, me lleva a entender porqué no soy capaz de digerir ese tiránico hábito ajeno a permanecer en las trincheras protocolarias del amor propio. Me sustento en principios que marcan el ritmo de mi voz interior, procurando no actuar contra el frágil criterio arraigado que irrumpe constantemente en todo lo que hago. Parece que me guste frecuentar el borde del cadalso, firmando sentencias propias que llevan por bandera condenas emocionales descaradamente innecesarias. Y es que a veces, el escenario que nos sujeta, se convierte en un patíbulo vital por el simple hecho de dar relevancia a hitos clásicos que deberían ser considerados como puramente típicos. Y sí, aquí estoy, a las cinco y media de la mañana, con mi musa, la lluvia, que con empática condescendencia pasmosa me llora en la ventana. Una madrugada, como otra cualquiera, pero especial, determinante, fusionando a la Luna con el esférico madrugador, horas antes de un congreso sobre Derecho positivo (que vete tú a saber quién redactó en un alarde de fijar material y formalmente el término ilusorio de aquello que entendemos por "justo"). Total, para agradecer a alguien las noches en vela y cada palabra que de forma poética enlaza, dando rienda suelta a esa improvisación frenéticamente atada a la más pura conciencia.