viernes, 5 de julio de 2013

Requerimiento

Carta de madrugada

No sé bien si esto se debe a la sublevación hormonal que provoca la menstruación en todo cuerpo femenino… Supongo que sí, y más sabiendo la insurrección de sentimientos que se producen en mi pecho cuanto la condición de mujer aparece pisando fuerte en mi vientre cada mes. Siempre interpreto que, de alguna manera, la naturaleza me pone a prueba  y me recuerda en cada punción mi capacidad para dar vida más allá de la mía. Es el precio que me toca pagar. Sabes que tengo bastante facilidad para enlazar unas cosas con otras, dándole vueltas a todo, hasta terminar planteándome tesituras insospechadas. Ha habido hoy un momento en el que me he visto tumbada, con una mano en el abdomen, otra en la frente y pensando en las mil frases con sabor a sueños que hemos intercambiado durante todo este tiempo… Te juro que esas tropas de palabras me asaltaban armadas, con provisión y bastimento suficiente como para derrotarme el alma sin contemplaciones. He recordado… y he seguido construyendo utopías, para variar.
No sé por dónde empezar, porque hoy he ido demasiado lejos en materia de sentimientos. La vida bohemia, bajo secreto de sumario, ha actuado partiéndome en dos, en una partida de ajedrez esta tarde. Me ha dejado en jaque, aniquilándome los caballos, consumiendo y arrasando con la protección de los alfiles y dejando las torres en una laxa flaqueza. Me ha puesto las cartas sobre la mesa y me ha recordado, sin precedentes, que el tiempo que nos sostiene es pura pólvora.
 Supongo que utilizaré mi procedimiento de explicación preferido: La inducción. Iré de lo particular a lo general. Puesto que soy amante de los detalles y del cultivo continuo de los sentimientos, partiré de uno de estos últimos: El temor. Tengo miedo, bastante miedo. No te hablo de mis peculiares fobias a las alturas, las grandes masas de agua o el aire comprimido en los globos… Intento hablarte, con estas líneas, de situaciones trascendentales que van siempre “más allá”…

¿Te has parado a pensar alguna vez en que el infinito solo es un término matemático intangible e ininteligible? No puede conjugarse con la naturaleza humana… No entra en juego con la condición terrestre… Nosotros, somos finitos. Un río de sangre y vida nos deja caer un día en el mundo, entre las piernas de una mujer, siendo seres completamente indefensos. Según los vestigios filosóficos que mi mente alberga, Aristóteles dijo que la mente al nacer es como una  “tabula rasa", en la que nada hay escrito. Si mal no recuerdo, aquel librillo naranja de Platón (maestro de Aristóteles) dictaba que partiendo del principio de la tabula rasa, el conocimiento comienza en los sentidos. Con carácter concurrente, las captaciones de los sentidos son aprehendidas por el intelecto, generándose así el concepto y llegando de este modo al conocimiento. Bien, dicho de otra manera y yendo contra mis principios (pues sabes que adoro la filosofía) lo que se escribe en la famosa “tabula” son las miles de ostias que nos damos a lo largo de la vida y esa, es la única fuente de madurez, sabiduría y conocimiento… Aprender y aprehender del dolor. ¿Dónde pretendo llegar? Sé perfectamente que mi verborrea puede llegar a ser fatigosa y cargante, pero para mí, extenderme es una necesidad vital. Volviendo al mito que he rescatado de los recuerdos epistemológicos que una vez grabé en mi memoria, todos nosotros tenemos una de esas tablas, donde vamos narrando la vida. Cada uno lo hace a su manera, con buena o mala letra, con tinta espesa o diluida, pausadamente o con presteza… Pero al fin y al cabo, redactamos lo mismo… Una vida. Esto puede asemejarse a una apología de la libertad porque, efectivamente, no tenemos ataduras a la hora de congelar momentos en el blanco de este papel…Somos, aparentemente libres. Pero, volviendo a utilizar el campo matemático como argumento, el papel es tangible, inerte y finito… Es algo que tiene fin, que perece. Llega un punto en el que mientras escribimos, llegamos al final del folio y no importa si nos quedamos a mitad, si no terminamos la narración, si faltaron detalles o si no nos dio tiempo a ornamentar con suficientes florituras… Es un arma de doble filo, pues no somos conscientes del papel del que disponemos, por tanto, no somos conocedores de dónde y cuándo tendrá lugar el fin. No nos concede nadie el beneficio de la preparación… El día que se acaba, se termina sin más, y con él, nuestra vida dibuja un vacilante punto y final.
Tengo miedo a escribir. No importa que la vida, de pequeña, instalara en mis venas la retórica… Yo creo que ese es el motivo de tener más miedo que los demás a plasmar trazos de tinta en mi papel. La bohemia, el pensamiento profundo y yo vivimos abrazados. Éstos me acompañan entre mis líneas, provocando que caiga en coyunturas meramente desesperantes, pero que son el reflejo de la cruda realidad.
Hasta hoy he escrito mucho, aunque poco para lo largo que ‘supuestamente’ es el papel. Tengo muchas expectativas, muchos sueños y muchas ganas de vivir, pero me provoca una irremediable agonía el hecho de pensar que algún día cerraremos los ojos, tomaremos aire por última vez y abandonaremos el mundo de puntillas, dejando en la Tierra, egoístamente, derrotados corazones descosidos, que llorarán dolor al presenciar nuestra partida. Tengo miedo a “querer”. No quiero quererte, ni quiero querer al resto de mis amigos, ni a mi futuro marido, ni mis hijos, ni a mi madre, ni tampoco a mi hermano. Es inconmensurable el dolor que me ataca al pensar que algún día, no sé cuando, dejaré de oír vuestras voces, de acariciar vuestras pieles, de escuchar vuestras risas, de miraros a los ojos, de abrazaros… y de simplemente, veros. Ya sea porque me vaya yo, o porque vosotros me digáis adiós a mí. Se me hace tremendamente duro pensarlo. Ayer, mirando a la nada, vi cómo una bandada de pájaros trotaban juntos en el aire buscando el cielo… Sabes que soy una metáfora personificada, e intenté hacer una similitud de ellos con nuestra terrenal vida. Terminé y concluí sin entender su proceder. No comprendí esa ansia por volar tan alto, hasta casi rozar el cielo. Yo, si pudiera, me aferraría a la vida, arañando el suelo sobre el que nací y en caso de opresión, correría, lejos, bien lejos, sintiendo la tierra bajo mis pies y la tensión de la gravedad amarrándome hacia abajo. Correría, llorando, descalza, sin ningún tipo de indulgencia ni piedad para mi anatomía, destrozándome los pies y dejando que la naturaleza penetrase en mi ser, hasta que el horizonte me frenase en seco.
Soy una simbiosis de sentimientos que siento por vosotros… Eso es lo que me da vida. Sin conocer, ya quiero a la persona que compartirá conmigo sus días, y sin ni tan siquiera existir, vendería ya mi espíritu al diablo por esas pequeñas vidas que yo misma alumbraré en un futuro. Sois mi sustento, la razón de mis días y el sabor de mis sonrisas. Sois mi pena, mi condena y mi sentencia, y al mismo tiempo sois las piezas que componen mi alma. No os quiero querer, pero os quiero a niveles que extrapolan los límites del verbo “amar”. 
Llegará un día en el que la juventud y el vigor serán sustituidos por surcos dibujados en el cuerpo, cabello blanco y piel transparente. La respiración, con los años se irá haciendo más dura, hasta el punto en que expiremos y nuestra vida se diluya en la tierra que un día unos vio crecer. El día que mis huesos se conviertan en polvo, si todavía sigues en el mundo, no olvides que te estaré esperando en esa primera nube, nada más entrar allá arriba, a la derecha. Si no vuelvo, sonríe, porque eso significará que allá arriba se es más feliz de lo que ya habremos sido aquí abajo, en el mundo de lo insignificante. Te mandaré señales. Cuando algo se caiga al suelo, seré yo que lo habré tirado, para que te agaches a recogerlo y estés más cerca del suelo, con el pretexto de recordarte que sigues aferrada a la tierra… A la vida… Con el fin de recordarte de que sigues viva. Cuando amanezca, tendrás que tener en cuenta que has de guardar en tu memoria cada salida del sol para mi colección de amaneceres… Y ya sabes que cuando llueva, seré yo, llorando a tu lado. 

Te escribo esto hoy, por si mañana se me acaba el folio.

Te quiero.

Laura

2 comentarios:

  1. Resignarse, saber, ser consciente de que no, nunca tendremos nada. Un abrazo.

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  2. Todavía recuerdo cuando me mandaste esta carta, y cuanto lloré al leerla...
    Te quiero.

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