jueves, 16 de mayo de 2013

Pestañear


Como consejo paliativo frente a cualquier problema, la gente suele sentenciar máximas del tipo "Todo tiene solución, menos la muerte". ¿Quién no lo ha dicho alguna vez? Yo sí, por tanto me incluyo y puedo decir que soy partícipe directa de esa deshonra verbal pronunciada. No sé cómo el ser humano se atreve a sustanciar en una frase ese ente abstracto que, vacilante, dibuja un punto y final a una vida. La vida... ¿Qué es eso? Nadie lo sabe, a pesar de que poseemos una palpitando a contrareloj en nuestro pecho. No voy a recaer en definiciones bohemias, ni en florituras que vayan en consonancia con la retórica que suele poblar mis textos. Seré clara: La vida es la puta de la muerte. Su más fiel cortesana. Su fulana tiranizada. Su sierva, odiosamente dominada. Se sirve de ella, y de sus atributos, cuando su codicia hambrienta acecha. Le desgarra las vestiduras sin indulgencia... Sin clemencia... Sin llamar... Sin pedir permiso. La vida llora, y grita, pero nadie la escucha. Sólo son dos. Dos dimensiones. Dos esferas jugando una partida de ajedrez eterna. Y siempre pierde la vida, cayendo rendida a los pies de la gran estratega. La vida... La muerte... Dos círculos concéntricos... Dos magnitudes entrelazadas. Inseparables. No hay una sin la otra. La vida, por desgracia, sufre el Síndrome de Estocolmo, aquel que lleva por bandera una serie de respuestas afectivas que una víctima en cautiverio desarrolla hacia su raptor. A pesar del saqueo emocional, la vida está enamorada. Quiero ver quién es el valiente que se decide a lidiar entre ellas. Debatirse, entre eso, entre la vida, y la muerte, como popularmente se dice. Nadie se detiene a pensar nunca en esto. Sólo cuando el proxeneta de negro se acerca, recaemos en instrospecciones y cuestiones vitales sin respuesta, pretendiendo acogernos a algo. No intento responderme, ni que nadie me conteste. No existe hoy, para mi, comentario atenuante, ni palabras que con las mejores intenciones puedan mitigar el desasosiego. Entre el humo del café que tengo delante palidece la angustia. La impotencia me inunda. Lo cierto es que me duele hasta pestañear. Que alguien detenga el tiempo. Dadle una patada al puto reloj.

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