martes, 28 de agosto de 2012

Papel cebolla

La estupidez me lleva a esto: A estar a la 01.00h de la madrugada de un 27 de agosto en la azotea de mi casa, escribiendo y sincerándome conmigo misma. Es irónico pensar que estoy redactando prácticamente a oscuras, palpando el papel a tientas (mi letra lo corrobora). He subido aquí a hablar de mi vida con la luna, y a pesar de haber algo de luz, no veo lo que escribo. Es una situación sarcástica porque paralelamente en mi día a día ocurre exactamente lo mismo. Siempre me acompaña una leve claridad, una incandescencia luminosa brindada por la satisfacción de mis relaciones personales y mis logros, pero ... ¿Y qué? Sigo escribiendo en mi diario con mala letra y con atroces tachones antiestéticos. Algo falla... Me falta algo. A pesar de que llevo bastante tiempo practicando con caligrafía, mi letra sigue siendo deplorable y ello es un agravante para darle menos sentido a mi historia según el Código de lo Superficial, cuerpo legal cuyos ilícitos e irrazonables preceptos son los mueven el mundo. Llevo tiempo malgastado cargado en la espalda... Y me pesa. Me pesa. Los cuadernillos de caligrafía de una línea me provocaron una pérdida atronadora de la motivación. Era demasiado aburrido escribir frases siguiendo el límite perfecto e impecable del reglón, sin altibajos, ni borrones, ni bordes arrugados... Los cuadernos de cuadros terminaron agobiándome. El intrincado trazo y ese cruce de líneas odiosamente complicado me empujaban a la indecisión crónica. Terminé arrancando las páginas, fruto de la rabia, porque las líneas que redactaba no contenían la musicalidad que yo pretendía y, cuando intentaba componer poesía en los momentos clímax, no me rimaban los versos. No sé si el problema era yo, por el repentino, justificable e indiscutible abandono de mis musas líricas,  o era el papel cuadriculado sobre el que escribía. Rompí las páginas de aquel cuaderno en mil pedazos. Recuerdo que estaban manchadas de lágrimas rabiosas, fluidos y tinta agresivamente derramada. Quemé sus hojas y me prometí no volver a escribir más en cuadrícula. Me quedé el gusanillo de aquel cuaderno y lo guardé en la caja donde siempre guardo el sabor de lo agridulce. Cada vez que lo miro, me detengo y lo observo: Es la descripción - no verbal -  perfecta de aquel cuadernillo. La forma sinuosa, ondulante y serpenteante me trae el recuerdo de la dificultad que mi mente experimentaba al enfrentarme a él. Aún así, esa complejidad me atraía, me absorbía, me ponía... Supongo que por eso terminé quemando sus páginas en aquella playa, donde todavía hoy, sonrío con el reflejo de su arena al recordar la editorial de aquel cuaderno.
Me he cansado; no quiero límites. Rechazo las barreras y repudio las asfixiantes líneas divisorias que se aferran de manera hipócrita a lo correcto. Quiero escribir en hojas lisas, para redactar libremente, como verdaderamente indica mi carácter, haciendo cosas grandes, incompatibles con el olvido. Quiero dibujar poesía en hojas en blanco ... En láminas de papel cebolla, llevando su característica transparencia como principio inquebrantable. Este tipo de cuartillas tienen para mí cierto atractivo. No son hojas normales y se alejan bastante de lo corriente. La pasta de la cual están hechas, primero es molida, luego blanqueada y posteriormente diluida en agua. Finalmente las láminas se endurecen con la atmósfera cargante del ambiente. Se hacen fuertes con el proceso. Son páginas tratadas, folios corridos...Es papel vivido. Quiero escribir en ese tipo de material, con el fin de que al hacerlo, la luz del sol no refleje y como correlato los rayos de sol impacten en mis pupilas ahogándome en la confusión, en el desorden y el desconcierto. Quiero que penetren y lo traspasen todo. Preciso claridad resplandeciente. Necesito sinceridad. Me encantaría poder escribir historias en ese tipo de papel... Describir formas de caminar y modos de vida de individuos que se dejen llevar por el bombeo atropellado de su corazón. Mi retórica y mi pecho serían capaces de escribir preciosas crónicas que narrasen las memorias de almas abrazadas y pieles que, los viernes por la tarde, hacen el amor fundiéndose en una lasciva simbiosis de amor - odio apasionante.

Unos... Otros...
Quiero ser la locura que te atormente y el confidente de tu pecho. Quiero cerrar los ojos y ponerme en contra del viento. Quiero dormir contigo en invierno y acostarme en la carretera un día de lluvia, contemplando cómo ese torrente vertical de agua nos clava en el suelo. Quiero saber que te quedarás luego...

 Quiero irme a vivir con tu vida.





viernes, 24 de agosto de 2012

Una nota de agradecimiento

Estas líneas carecen de grandilocuencia en cuanto a vocabulario, y por supuesto se alejan de estar abocadas a la adulación y al halago. Son palabras que suenan a trivial tópico, pero simplemente, me gustaría agradecer esas profundas máximas que muchos de vosotros depositáis bajo mis textos. Del mismo modo que yo plasmo reflexiones y pensamientos enmascarados con retórica, vosotros, con vuestras palabras, me empujáis a la introspección, haciéndome pensar a niveles verdaderamente trascendentales. Todos los halagos hacia mi prosa, me hacen sonreír (literalmente), me recuerdan una vez más que pertenezco de manera acérrima al mundo de las letras y sobre todo, me nutren como persona. En ocasiones, os leo y pienso que no merezco vuestras palabras. No intento resguardarme bajo un fingido subterfugio, ni intento cubrir la odiosa pedantería que caracteriza a muchas personas, ni tampoco pretendo mantener el decoro... Odio la falsa modestia. Sencillamente, intento agradecer de todo corazón vuestra presencia. Muchas gracias por perder unos minutos de vida leyendo mis jóvenes memorias.

Este espacio forma parte de mi vida. Hace unos meses me tatué en la pelvis una pluma, en honor a la retórica, a las letras. Lo tatué en mi vientre porque lo considero como una cualidad heredada por vía materna, generación tras generación. Con ello podéis imaginar hasta qué punto esto es importante para mí.

Gracias por, hacerme feliz, con unas pocas palabras.

Laura

jueves, 16 de agosto de 2012

Por la puerta de atrás.

Hoy, mi inspiración se ha ido de copas con mi sonrisa, del mismo modo que mi retórica se ha quedado dormida con la luna. Aun así, de manera muy técnica, pobre y pedestre lo expondré, simplemente por el mero hecho de plasmar el sentimiento... Sin ningún otro tipo de fin. El otro día, me di cuenta de que no me conocía. No sabía quien era. Me sorprendí a mi misma. No me había percatado nunca de que era tan valiente. Me caractericé siempre por tener valor, pero tenía mucho más coraje escondido. La vida sabe jugar a las cartas mucho mejor que yo, y perdí ante ella en aquella partida sobre la mesa de  Blackjack, porque no comprendí nunca las reglas de ese juego. Supongo que será por aquello del aprendizaje basado en el shock, pero básicamente, me pegó una ostia que todavía me duele. Me puso al límite, rozando la frontera y la línea divisoria entre la templanza y la locura. Dejé de ser coherente, aunque no fallé a mis sentimientos. Me demostré que tenía más agallas que otros y como correlato, me di cuenta de que no valía la pena. Literalmente, no merecía "mi pena".
Mi madre siempre dice: "Cada uno queda por lo que es"... Puede que tenga razón. No me da miedo nada, y reto a cualquiera, pero que venga con provisiones. Lo más importante, es la honestidad, la lealtad y la coherencia. A partir de ahí, ya podrá lidiar conmigo para terminar enredándose entre sábanas. Mientras tanto, quien carezca de eso, puede irse por donde ha venido... Por la puerta de atrás, que es por donde suelen entrar todos los cobardes.