sábado, 30 de junio de 2012

Once


Si fuese un literato reconocido, supongo que este sería mi período decadente, ese tiempo en el que los grandes nutren sus letras maquilladas de retórica con la influencia de sus musas, buscando la verdad y el porqué del principio y del fin. Mi imaginación se ha emborrachado, delicadamente, con el atardecer ocre y turquesa de hoy. Tengo la habitación anegada de preguntas retóricas... Y digo “retóricas”, porque yo misma sé bien la solución y la respuesta, pero es más cómodo no hacer absolutamente nada por subsanar el agravio.

Estos últimos días, la vida se ha permitido el lujo de darme lecciones de moralidad con críticas constructivas en sus apéndices. He aprendido, por supuesto, pero( y siento la vulgaridad) sigo pasándome por el forro todo lo que no va acorde a mis principios. Esto, al fin y al cabo, no es más que un terco afán tremendamente estúpido por hacer promesas al aire y actuar en favor de nadie. Necesito libertad. Me urge despegar. Me es preciso quemar la vida. A pesar de que detesto el verano, (soy amante del frío y de la cercanía física que éste implica) presiento que este período estival va a ser digno de recordar. Unos meses, el sol, un coche, la carretera, una canción, varios amigos y mi juventud. El verano de los besos. Prominente concupiscencia.


miércoles, 27 de junio de 2012

Aminorando

Últimamente me suele temblar el corazón cada vez que hablo de sueños. Para mí, las utopías nunca dejaron de tener intrínseca esa dulce connotación que conlleva la invención. Soy demasiado idealista. A pesar de todo, estas últimas semanas llevo grabado en la frente un título fluorescente, como si de luces de neón se tratase, que indica lo odiosamente pasota que estoy con la vida y con los corazones que la componen (y digo "corazones" por describirlos dentro de la belleza y no manchar el texto, pero no me faltan ganas de adjetivar a más de uno atribuyéndole características y peculiaridades propias de la más profunda y arraigada estupidez). Tengo la mente en blanco y la exigüidad literaria prevalece entre mis particularidades. Además, el entorno ha mitigado, silenciosamente, mi fuerte temperamento. Mi carácter, de índole bastante dura, ya no es lo que era. Una tenue parvedad pasajera. Ya vendrán tiempos sentimentalmente ardientes.

domingo, 24 de junio de 2012

Pendiente de un hilo


Salgamos ahí fuera y tirémosle piedras a la luna, a ver si con suerte nos cae y la guardamos en la caja de galletas que hay encima del sofá. Guárdala. Dejaremos la noche a oscuras y todos creerán no estar viviendo. Excepto nosotros. Una vez la guarde, cerraré la caja, me sentaré encima y te comeré a besos como si mañana no fuésemos a despertar. A oscuras...Dibujaré ansiosamente con mis dedos la silueta de tu vigoroso y recio cuerpo. Te acariciaré el pelo y poco a poco, esos dulces roces se convertirán en feroces tirones impulsivos, propios de una justificada perturbación. La perturbación por tenerte delante...Me abalanzaré sobre ti y te susurraré al oído esas palabras que me dedicabas los viernes de madrugada. Te las recordaré y sin prejuicios ni reparos, nos envolveremos en una atmósfera jadeante, ultrajando el respeto a nuestros propios cuerpos y haciendo sudar a las pardes... Las gotas de sudor se deslizarán por el crital del marco de fotos de tus tíos de Jaén y morirán ahogadas las caléndulas del salón. Beberemos daiquiris de La Habanna, Absenta o Whisky escocés, sin obedecer a la abstemia programada en cada fin de año. Temblará todo y el cristal de la entrada se resquebrajará, colisionando contra el suelo al mismo tiempo que un sollozo varonil se apoderará del eco de toda la casa. Todos nos oirán, pero nadie será capaz de vernos...La luna estará en la caja... La noche estará a oscuras... La vida seguirá pasando ...y yo, seguiré con el deseo de no querer estar jamás a más de tres centímetros de ti, maniatándote y recluyéndote por siempre entre mis piernas, mientras me sujetas con fuerza el rostro y me recuerdas que aunque capturemos la luna y creemos la oscuridad, solo cuando tu luz interior se apague, deje de sonar el 'tic-tac' del reloj y abandones este mundo, te separarás de mí. Hasta ese momento, con la luna recluída, seguiré amándote a oscuras, bajo las sábanas, todas las tardes de mi vida.

A veces, las virtudes propias quedan relegadas a un grotesco marco secundario, haciendo que reine el vacío propiamente dicho dentro de uno mismo. Hoy, mis ademanes, hacen honor a un odioso círculo vicioso agravado... El tedio me define y el abominable sentimiento de añorar momentos expatria toda actitud sensible. Vacío absurdo, estremecedor, dantesco... Eco candente. Todo queda en papel mojado.

miércoles, 20 de junio de 2012

Un homenaje a mis días sin sol.

La tormenta de verano de hace un par de días, me invita a volver a colgar este texto, redactado en una tarde nublada del pasado noviembre. Hoy, es uno de esos días en los que echo de menos el frío.


Adoro los días de lluvia... Confío en que mañana llueva. Me encanta despertarme por la mañana y, en el silencio de la oscuridad de la habitación, escuchar que fuera está lloviendo. Es una concepción complicada, enigmática, prácticamente incomprensible... El gesto común a todas las personas los días de lluvia suele ser adusto, desapacible, frío... Igual que el gélido ambiente que les envuelve... Es inexplicable, pero a título personal, me deleitan esos días. Puede que sea así porque no todo es descaradamente luminoso... El exceso de luz, impide en ocasiones, poder ver. No consigo comprenderlo, pero me encantan. Salir a la calle, abrir el paraguas y echar a andar, escuchando las palabras de la lluvia, deslizándome por un pavimento húmedo... Un lienzo mojado... Un mundo en decadencia. Me sorprende ver cómo este colectivo velocista llamado humanidad, pasa por la vida con tal rapidez que apenas roza el suelo... Sin dejar huella. Los días de lluvia, esto, se evidencia más que nunca. Son esas mañanas, en las que me encierro en la atmósfera que se crea bajo mi paraguas y tan solo veo mis pies abriéndose paso entre la cortina de agua; sin mostrar el rostro; sin que nadie me vea... Pensando y divagando entre lucubrantes y exultantes pensamientos bohemios... En mi mundo. Un mundo incoherente, pero al mismo tiempo más lógico que ningún otro. Y de esto, nadie se percata. En innumerables ocasiones, quien más interioriza y quien alumbra un sentimiento inerte, es aquel que más intensamente vive... Aquel que más profundamente siente. Pero nadie es capaz de darse cuenta... O quizá, solo lo advierte un número reducido de personas. Aquellos que, simplemente, nos quieren. Y son esos días de lluvia, los que me incitan a pensar con más exaltación y con más pasión que nunca... Y los que me invitan a hablar menos... A convertir las vocablos en sensaciones internas que culminen en pensamientos únicos... En sentencias propias. Son esos días en los que mi mente viaja a la velocidad de la luz, pero al mismo tiempo, repara en cada detalle de la vida, sintiendo cada actitud estrechamente... Notando el trastorno humano a la perfección... Desvariando... Y componiendo, con ello, mis propias máximas... Y con esas máximas y aforismos propios, intentado comprender la vida... Y es que me encanta mojarme, algo que tampoco entiendo, pero siempre cierro el paraguas unos metros antes de llegar al portal... Del mismo modo, que si llueve, siempre se me moja la habitación. Nunca veo llover a través de los cristales. Tengo que abrir la ventana. Si no lo oigo, no ocurre... Si no lo siento, no es nada. Sentir... Ese es el pilar fundamental que nos sustenta... El sentir físico y el sentir interno... Poder querer...Tener la capacidad de amar....Tener miedo... Poder llorar como producto de una inconmensurable rabia albergada durante un tiempo... Notar como los nervios se apoderan de cada rincón de nuestra piel, hasta dejarnos sin respiración... Sentir, y escuchar las palabras de la lluvia, me reconforta... Me alienta... Me calma. Siempre suelo sacar la mano por la ventana y dejo que las gotas de lluvia, vengan de donde vengan, desde miles de kilómetros de aquí, impacten sobre ella, y se me acumulen en la palma de la mano... Y sentir, que en esos momentos, tengo un pedacito de cielo... Unas lágrimas del sol, que llora porque aquí abajo, los días nublados, hay alguien feliz sin su presencia... Unas gotas de lluvia...Unas gotas de vida. Y siempre me pregunto si esas gotas que retengo en mis manos, fueron las gotas que el cielo dejó caer aquellos meses de noviembre en la infancia... O si serán las mismas que mojen los rostros de esas pequeñas vidas que yo misma alumbre en un futuro... Y me pregunto si ellos harán lo mismo... Me cuestiono, constantemente, si serán tan puramente utópicos e idealistas como para hacer honor a la genética y ser capaces de plantearse estas románticas tesituras de ensoñación... No lo sé... Pero francamente, quiero que así sea.
Adoro los días de lluvia...Confío en que mañana llueva.


Invierno, esa temporada en la que el estar piel contra piel, es el mejor método para combatir el frío. 
Calor humano. Método paliativo.


martes, 19 de junio de 2012

Gotitas de pasión

El otro día, rebuscando entre los inescrutables rincones de mis cajones, encontré un viejo perfume. Al verlo sonreí y, dado su bonito diseño, me puse frente al espejo y al más puro estilo de Audrey Hepburn, imitando (tontamente) su peculiar elegancia, me eché unas gotas en la parte derecha del cuello. Los sentimientos que sentí, cuando esas gotas rozaron la zona donde la boca termina dando bocados en momentos de pasión, son inexplicables. Me acordé. Le recordé.
En aquel instante, recreé cada escena. Sus manos, sus brazos, sus muslos...La imagen de su labios y el sonido jadeante su grave voz a dos centrímetros de mi. Frente a frente. Recordé cada gota de sudor, cada palabra susurrada al oído...Cada mirada penetrante y cada impulso violento provocado por un desenfreno que solía terminar en una hecatombe. Demasiada energía fusionada. Dos mentalidades fogosas: Un holocausto sexual. Se me encoge el alma al recordar la forma en la que me apartaba el pelo, en busca de mi boca, para agarrarme la cabeza y besarme de un modo tan violentamete sensual como sólo él sabía. Prometo que me cuesta incluso pensarlo. Me vuelvo loca. Me tiemblan las piernas al pensar en cómo me acariciaba y en cómo me decía: "¡Quédate quieta! - y mientras me sonría, susurraba- Qué guapa eres." Me estremece recordar su sonrisa y el cómo deslizaba suavemente la mano por debajo de la falda. La espalda era su lugar favorito para hablarme de sexo, y su pelo el paradero habitual de mis manos devastadoras.
Tengo muchas deudas con la luna que iluminó aquellas noches. Me desgasta. Me agota. No quiero acordarme. Solo recuerdo su nombre, su olor, su fuerza, su mirada de niño grande, sus palabras sexualmente demoledoras, su risa, su sonrisa, el tacto de sus manos, el olor de su pelo, el cómo me mordía la nariz y cómo me daba besos en el cuello hasta provocarme ataques de locura...
Cuando quise darme cuenta, me encontré tendida en la cama, con la mirada perdida en las fotos que tengo colgadas en el corcho de mi habitación. Volví a la realidad, repentinamente. Miré aquel frasco y me eché de nuevo unas gotas de aquella fragancia que estrené en sus noches, en la palma de la mano. Me las acerqué a la cara y volví a hundirme en su lascivo recuerdo, sonriendo por cada locura cometida y agradeciendo al cielo esos momentos que al fin y al cabo, son los que nutren la vida.
Siempre mantendré que venimos al mundo desnudos, sin nada, y marcharemos dentro de unos años igual. Lo único que nos llevaremos, será un pellejo erosionado por el tiempo. No queda, por tanto, más que vivir...Vivir sumidos en pasión.
Haz el amor, vive, ríe y ama hasta que duela.
Es un consejo.

domingo, 17 de junio de 2012

De enfados varios, con el mundo.

Hoy es uno de esos días en los que me cagaría en la madre que parió a más de uno. Siento si suena duro, ya sé que son palabras obscenas, pero en momentos así, la cólera me recorre atropelladamente el cuerpo, resquebrajando y cuarteando todo lo que encuentra a su paso, hecho que se proyecta en mi conducta hacia el resto de 'seres vivientes'. Voy a obviar, por una vez, la retórica, las florituras y las buenas palabras, haciendo un compendio de vocablos donde quede reflejada la puta realidad que alimenta a un mundo plagado - al más puro estilo de una epidemia catastrófica- de apocados pusilánimes sin oficio ni beneficio. No hace falta ir tan lejos, pues estas personas, al menos, pueden ser tachadas de ser "seres carentes de metas" ( tienen la palabra "meta" en la definición de su perfil... Algo es algo.) Me enherba totalmente la conducta típica (con permiso del Código Penal) del colectivo que puebla la vida. No sé si soy yo o es el resto (lo digo por aquello de: " Tendemos a mirar la locura de los demás, antes que la nuestra") Se me ensartan los nervios, convirtiéndose en una rabia exasperada que coloniza mis venas. Gentío. Personas. Populacho... Uno detrás de otro... Cuál de ellos más injusto, más egoísta, más vil, más rastrero, más indigno, más cretino, más egocéntrico, más papanatas... Más imbécil.
(...)

Acabo de recibir noticias de alguien muy querido mientras escribo esto. No ha hecho falta hablar mucho para percibir mi estado. Dicho y hecho. Me voy a ahogar penas en tequila.

jueves, 14 de junio de 2012

Nada que perder




"... que los principios suelen estar donde tú los dejas."


Siempre quedarán las palabras.

miércoles, 13 de junio de 2012

...

Vacío. Eco. Me está calando este puto frío. Objetora de conciencia en relaciones personales.
Que le den al mundo.

A pesar de todo, como se mantuvo en tiempos rebosantes de ignorancia y carentes de gloria, la pena nunca vale la pena.

martes, 5 de junio de 2012

Lunática

Después de veinte minutos cara a una pantalla en blanco, resumo los pensamientos con esta canción que lleva acompañándome días. Últimamente estoy parca en palabras, al igual que la vida me está concentrando todas las ostias en un período de tiempo demasiado reducido. Espero, francamente, que el aprendizaje sea directamente proporcional a la intensidad de éstas. He matado a los puntos suspensivos que dejaban un oasis de interpretaciones detrás de cada frase. Concluyo con un "punto categórico" que una vez, alguien, el de las frías despedidas, a modo de crítica constructiva, me sugirió.