martes, 11 de octubre de 2011

El tiempo.

A veces, divagando entre lucubrantes y exultantes pensamientos, me pregunto de manera bohemia, para qué existe el tiempo. ¿Cual es la pretensión de ese reloj que hay colgado en la pared de mi habitación? Físicamente consiste en el repetitivo movimiento giratorio que una fina varilla ejerce alrededor de un epicentro...un núcleo...un foco que, análogamente, puede quedar comparado con nuestras vidas... No hablaré de vidas basadas en convicciones teocéntricas, ideales republicanos o principios nacionalistas...Nuestra existencia es mucho más simple... No es necesario fundamentarlas en complicadas e intrincadas teorías existenciales o en absurdas e hipócritas persuasiones de miserables y mezquinos diputados de poca monta que llevan nuestra realidad económica en volandas.. La vida, es mucho más que eso... La realidad de nuestros actos emana de la esencia del corazón... Dejémonos de formalidades y que fluya el sentimiento... Que brote la sensación...

Siento a diario la imponente necesidad de seguir plasmando mi letra sobre el blanco del papel, afortunado esclavo de mis manos, del mismo modo que nosotros somos esclavos de las manos de alguien algunas veces. Soy tinta, subyugada y diligente, pero apasionada y fogosa…Soy palabras y oraciones carentes de significado objetivo en ocasiones, pero en otros momentos sometidas a la cruda realidad de los verbos “ser” y “amar”.
Por ello fijaré el epicentro de nuestras vidas en una odiosa reverencia al tiempo. Vivimos ligados a un sometimiento cronológico, al mismo tiempo que nuestros ideales culminan en el sexo. La vida son minutos… Efímeros instantes que lanzan exabruptos contra la fugacidad de la vida burlando a la muerte y erotismo violentamente ardiente. Eso nos sustenta. Ese es el incentivo vital que alumbra el retorcido e inclinado camino hacia el atractivo color azul del cielo, pues, aunque nadie se haya detenido a calcular y valorar la densidad de estas palabras, el día que nacimos comenzamos a morir, sentencia que es de naturaleza bien cierta y que colorea en un tono incandescente la advertencia invisible que a diario nos recuerda cómo vivir cada momento como si fuese nuestro último instante respirando aire de esta tierra, propiedad absoluta de la joya más solemne: Nuestra propia vida.


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