martes, 29 de julio de 2014

Nube de ideas

Y cuántas más batallas peleadas, más aumenta la magnitud del ser. No es necesario ganarlas. Solamente hay que vivirlas. Ando grabando mis huellas en un disco duro de sonrisas, intentado vislumbrar, a diario, gentiles amaneceres dulcemente saqueados por la felicidad de estar creciendo.  El regalo de la vida es el primero, y el último. El más valioso... El más frágil... El que, aun siendo bien conservado, se romperá seguro. Un día concreto llega a nosotros la existencia, y a partir de ese momento, la llevamos adherida cual memorable amuleto. Pero, a diferencia de estos supersticiosos objetos, la vida no nos protege. Vivimos sumergidos en la laboriosa misión de velar por ella.  ¿Vale la pena, por tanto, cuidar dicho regalo?  ¿Merece ser bien tratado? Al fin y al cabo, lo perderemos... ¿Qué es, pues, la vida? ¿Un talismán que llegó a nosotros brindado por un gesto anónimo? ¿O es tal vez  un revuelto de obligaciones, siendo ella una responsabilidad en si misma? No sé responder. Dejo libre albedrío en la disertación que consiga llevar a cada uno a una respuesta aceptable. Estoy algo cansada. Siento una sensación un tanto extraña... Una impresión, paralela a lo material, que no consigo explicar con palabras, a pesar de que sea el lenguaje el que nos permite convertir nuestros pensamientos en algo perceptible. Noto el peso del pasado en mi existencia. Hay cosas que yo no he aprendido en esta vida.  Me responsabilizo de muchas circunstancias, sin necesidad, codeándome con una fuerte intuición, que en ocasiones me asusta. Incluso las obligaciones sobre mí misma las incremento, sumiéndome en una autoexigencia bárbara que nunca ha menguado. Esa odiosa costumbre no se adquiere en un par de décadas. La explicación duerme, oculta, en lo sucedido... En el pretérito perfecto. Sin evasivas. Definitivamente, el secreto está en las explicaciones que nunca nos darán una respuesta.



viernes, 6 de junio de 2014

DECISIONES QUE MARCAN

Puestos a dilucidar el porqué de la posición que hoy ocupamos, cabe destacar que la verdad siempre reside en el interrogante. Después de mil lunas perdidas, no importa ya dedicar una madrugada más a buscar una razón ya conocida. Ahora mismo sólo sé que me arrepiento. El camino era demasiado digno para relegarlo a un triste plano secundario. Es deprimente sostener creencias violadas por el más absurdo de los prejuicios. Vivimos gran parte de la existencia sujetos a un dogma basado en la aceptación ajena. Hace un tiempo, lo entendía y lo compartía. Ayer era practicante de esta tendencia dañina. Hoy ya he abandonado esta religión, cuyo dios tiene por un harén un sinfín de carencias. Este comportamiento es propio de todo aquel en quien no han infundido el pensamiento de que el interior de uno mismo es suficientemente importante como para llenarlo de magulladuras, a base de un brutal maltrato existencial. Detesto culpar… No soy nadie para sentenciar a la ligera… Pero existen concretas ocasiones en las que es inevitable hacerlo. Me duele haber obedecido, dejando olvidado por el camino, ese salvaje interés bohemio encarcelado por sugestiones heredadas. Es aberrante ver cómo somos capaces de abusar de nosotros mismos, llevando por bandera el miedo infundado a actuar según nuestra propia intuición. Me entristece, profundamente, esa sumisión absurda que nos lleva a la forma más inútil de vivir separados de nuestra alma. ¿Qué más dará lo que digan? Qué violento resulta contemplar nuestras propias sensaciones dormidas… Todo proceder que no esté impregnado de nuestros principios, a la larga, trae consigo rabia interna. Somos nuestro mayor enemigo, y esa es la estrategia mejor planteada de nuestra parte más déspota. No somos capaces de convivir con nuestras propias necesidades… Las opiniones ajenas son más importantes, y eso nos hace vivir sostenidos a una paz interna insatisfecha. Pero todo esto acaba. Un día todo termina. La madurez se instala en nosotros, de la mano del sufrimiento, y nos trae a la memoria la meta olvidada de las emociones ahogadas. Es justo en ese momento cuando nos percatamos de que hemos profanado nuestro pecho, obedeciendo, inconscientemente, a la presión que tiránicos legados ejercen sobre nuestra vida. La independencia supuso para mí una tregua. Bajé las armas contra mí misma y, al verme sola ante la vida, pude escuchar cómo mi corazón gritaba. Fue en ese momento cuando entendí que había estado perdiendo el tiempo. Había algo dentro de mí que me empujaba a desatar los sentidos… A liberar el alma… Me presté atención, por primera vez en la vida, y me percaté de que en mí ardía una curiosidad imperante…  Un deseo callado… Sangre bombeando al ritmo de las artes. Me había fallado. Me había fallado a mí misma. Ese amor por la retórica, la música, la literatura, el arte, la historia y la danza, había quedado relegado al más tedioso olvido. Me había olvidado realmente de ello… Aunque no es de extrañar, porque somos, por naturaleza, una raza capaz de creerse sus propias mentiras. No puedo expresar lo que sentí… Es imposible darle forma a las explicaciones silenciadas que se esconden detrás de un suspiro. Había fallado a mis principios. Después de todas estas reflexiones, mis ojos fueron asaltados por un cruel ejército de lágrimas insaciables. Lloré, sí, lloré mucho, pero nada dura eternamente. Decidí apropiarme de mi vida. Hasta el momento, había vivido la existencia de otros, al gusto ajeno. Busqué una solución, y la encontré. No puedo explicar tampoco la satisfacción que produce seguir al propio corazón, que como me dijo una de las almas más fieles a mi vida, él era el único que jamás me fallaría. Ahora miro atrás y, es indigno ver la ferocidad con la que conseguimos latigarlo. A pesar de que nos mantiene vivos, es el peor tratado y el que menos caricias recibe.

Me largo. Me despido, desde aquí, de aquello que yo misma llamaba “mi vida”. Albergo dentro de mí una inconmensurable rabia por haberle dedicado mi tiempo a la opinión ajena, haciendo algo que yo no quería hacer. Aun así, sin rencores. Sólo yo tengo la culpa. Todo está en nuestras manos… La felicidad vive en nuestro propio placer, y éste, en contra de lo comúnmente creído, sólo puede ser logrado por nosotros mismos. No hablo de la terrenal satisfacción sexual, no… Los esquemas de lo mundano quedan fuera de esta explicación. Trato de ir mucho más allá, dejando lo perecedero a un lado. La complacencia del alma no puede satisfacerse con apéndices ajenos. Nadie puede hacerle el amor a nuestro espíritu. El clímax de la fidelidad propia reside, con todos mis respetos hacia los recatados, en una masturbación moral que no admite un gozo compartido. Somos nuestro mejor amante… De nosotros depende todo… Como me dijeron una vez: “Nadie lo hará por ti”. Actuar en contra de nuestros principios, con el único fin de silenciar opiniones, es la forma más sangrienta y despiadada de castigarnos. La voluntad propia debe ser escuchada, porque ésta vive atada a todo aquello que sugieren nuestras pasiones. ¿Hablamos de egoísmo? No, prefiero hacer uso de la sutileza gramatical y llamarlo individualismo.

¿Y ahora qué? ¿Abandonamos? No importa, la conciencia ya no existe. Hace tiempo que ya no la veo reflejada en los ojos de la gente. Al final del camino, ¿Qué son los remordimientos? Según mi bagaje existencial, y atendiendo a mi reconocida experiencia en eso de “sentirse mal”, no es más que un pesar reflexivo que obedece a la ética más escrupulosa para con otros. Pero, ¿Qué hay de nosotros? … Más importante es, a mi parecer, no fallarse a uno mismo. Al fin y al cabo, como dijo Sade, la conciencia no es la voz de la naturaleza, sino sólo la voz de los propios prejuicios.

El camino es nuestro, y de nuestras manos depende redactar una existencia digna de nosotros mismos. Solo tenemos una vida, y ésta es muy corta, o muy larga, según se mire. Como dije una vez, la vida es la fulana de la muerte. Ésta última amenaza constantemente, arrebatándonos motivos del vivir, con el único fin de recordarnos que a nosotros nos va a pasar lo mismo… Que ese es también nuestro inexorable destino. ¡El futuro está escrito!, dicen, los que se acobardan y se resignan a vivir con formalismos predeterminados. No lo comparto… Todo, absolutamente todo, depende de nosotros. Evidentemente, nadie nos librará de las garras de la nada… Nadie intercederá por nosotros entre nuestro último suspiro y la guadaña que, con un corte perfecto, dibujará un vacilante punto y final en nuestras vidas. Nadie… Pero mientras tanto, mientras nos queden fuerzas para andar, caminaremos en la dirección para la que hemos nacido… Manteniendo viva nuestra realidad, sin miedo a tener miedo y sin vivir hipotecando sonrisas.


Adiós Derecho. Me voy a vivir con mi vida.

domingo, 19 de enero de 2014

Cometido vital

Siempre he sido simpatizante de la tesis cavernaria que propone el dolor como medio infalible para el aprendizaje, pero los excesos siempre son fatídicos. Lo malo de los extremos es que residen en la línea colindante entre el hecho, propiamente dicho, y la nada. Viven en el borde, en el límite, en el tope. Detrás de ellos saluda, vacilante, un versátil y frívolo vacío. He recaído, a lo largo de mi vida, en muchas reflexiones que sólo me han llevado a no encontrar un porqué. Al pensar, doy con los medios, pero no justifico los fines. No sé porqué la vida me sacude de tal modo. No entiendo cuál es su intención. Desconozco, completamente, ese fiel propósito que le lleva a darme tantas ostias. Lo cierto es que me irrita profundamente el hecho de que todo resida en el pasado y en las frustraciones de las personas que han sido mi espejo, por ley vital. La sangre surge siempre en el contexto lesivo de una herida, y las heridas siempre duelen. Consecuentemente, entiendo que la consanguinidad es un arma de doble filo. El sentimiento de observar una ascendencia en la que reina el amor, debe ser celestial. Ahora bien, vivir todo lo contrario es letal. Doy fe. La experiencia me ha contado que el concepto de unión es el término más complicado de entender, y de aplicar. En mi caso, he de tener cierta condescendencia, puesto que no puedo exigir el entendimiento del referido termino respecto de un linaje poco estructurado. Una estirpe materializada en un árbol, ciertas ramas del cual han aportado siempre frutos podridos, corrompiendo la estructura del abolengo entero, desequilibrando sentimientos y ulcerando las emociones de todo el que, por norma cronológica, llega después. No puedo entender, por mucho que me esfuerce, la inquina perturbada de aquel demente que tatuaba su odio sobre la piel de sus descendientes... Ni el egoísmo de aquel usurero codicioso que negó el refugio a aquella vida que se agotó entre golpes. Tampoco entiendo la búsqueda de la eterna juventud, perseguida por aquel que jamás me acarició y que depositó en su cuerpo mi comida, convertida en polvo albino. Ni la envidia de aquella, cuyos celos ahogaron, poco a poco, el corazón de mi Dios... No entenderé nunca nada, nada de lo que me rodea... O mejor dicho, nada de lo que me rodeó. He puesto los pies en el mundo, por primera vez, cerrando la puerta tras de mi, con llave. Me he largado de mi vida, y ahora mismo estoy perdida, en tierra de nadie. Mi camino se bifurca, en innumerables desvíos, y sé que sólo uno de ellos es el mío... Sólo uno es el correcto... Pero no sé cuál. El cruce de senderos es la situación que me ampara, hoy por hoy. Todas las bifurcaciones se contextualizan en encrucijadas, y todas éstas conllevan enredos anímicos, embrollos sentimentales, dificultades afectivas y desórdenes sensitivos. La falta de protección me grita y adopto actitudes delirantes, al pensar que la vida, como en una alegoría, se ríe de mí. Aun así, no voy a permitir que mis crónicas ulteriores estén influenciadas por hazañas de pseudo-aguerridos que han adulterado sus vidas, con la peor de las actitudes: Fallándose a sí mismos. Ese proceder ha afectado a mi corazón, durante mucho tiempo. Pero se acabó. Soy el punto de inflexión de una prosapia llagada. Los corazones de todo aquel que venga por detrás de mí, latirán orgullo. Podrán hablar de honra, y eso les hará actuar con pundonor, frente al mundo. Se sentirán satisfechos al mirar atrás. Y les envidio, porque yo no quiero girarme. No me gusta lo que hay, ni tampoco lo que veo, puesto que lo que visualizo va más allá de la realidad sustancial... Esa realidad que ellos mismos desconocen. La desdicha que pobló sus actos será el impulso hacia la honorabilidad de mi ulterior genealogía. Yo misma me encargaré de que la lealtad presida sus vidas, porque ellos mismos serán la mía. Lo que no ha habido conmigo, lo quiero para los que vendrán después. Necesito sentir que yo sí hice las cosas bien. Sólo así, cuando en mi vida ya no reine el tiempo, podré irme tranquila.
Tengo que limpiar el nombre.


martes, 3 de diciembre de 2013

Quédate donde estás


Conversaciones a la intemperie de crueles madrugadas, cuya labia toma plena libertad del principio lesivo que contextualiza la ya desgastada tesitura. Nos convertimos, a menudo, en científicos sociales, desglosando conductas que estrujan el alma... Son charlas de sobremesa que brindan en honor a saturnales intelectuales extremadamente desgarradoras. Hoy, a pesar de ser miércoles, la noche estaba envuelta de un sopor etílico necesario que ha entonado una melodía al compás de un letargo inducido por los Jardines del Real. Son momentos que, aunque con agradecida perspectiva, permiten vislumbrar las situaciones sólo desde un punto de vista meramente especulativo... Hay cosas que no se pueden analizar de forma experimental.... La esfera pasional no es una realidad en sí misma. Es una tendencia estúpida comparable a la manía y al placer de la costumbre. Me condiciona... Me aprieta... Me jode. Llevo la sensibilidad a flor de piel. Es algo sentimentalmente asesino... Una cualidad a veces odiosa para quien la vive. Aun así, es un calificativo personal, que no cambiaría bajo ningún concepto por las características que regala la ley admirable de quien no ha sufrido. Vamos decretando a la ligera, intentando fortificar con murallas algo evidentemente destructible. Me río ahora mismo de mis acciones utópicas, porque no aprendo que el laconismo afectivo vacía de contenido existencial cualquier proceder mínimamente tendencioso. Me llevo demasiado bien con la lengua de la tentativa. A la vista está. Los atentados sutilmente intencionados contra uno mismo lo evidencian. El motivo infanticida de esto último, me lleva a entender porqué no soy capaz de digerir ese tiránico hábito ajeno a permanecer en las trincheras protocolarias del amor propio. Me sustento en principios que marcan el ritmo de mi voz interior, procurando no actuar contra el frágil criterio arraigado que irrumpe constantemente en todo lo que hago. Parece que me guste frecuentar el borde del cadalso, firmando sentencias propias que llevan por bandera condenas emocionales descaradamente innecesarias. Y es que a veces, el escenario que nos sujeta, se convierte en un patíbulo vital por el simple hecho de dar relevancia a hitos clásicos que deberían ser considerados como puramente típicos. Y sí, aquí estoy, a las cinco y media de la mañana, con mi musa, la lluvia, que con empática condescendencia pasmosa me llora en la ventana. Una madrugada, como otra cualquiera, pero especial, determinante, fusionando a la Luna con el esférico madrugador, horas antes de un congreso sobre Derecho positivo (que vete tú a saber quién redactó en un alarde de fijar material y formalmente el término ilusorio de aquello que entendemos por "justo"). Total, para agradecer a alguien las noches en vela y cada palabra que de forma poética enlaza, dando rienda suelta a esa improvisación frenéticamente atada a la más pura conciencia.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Reflexión, conclusión y decisión.

Hoy no es un día común, ni mucho menos una noche cualquiera. No es un septiembre al azar, ni tampoco un final de verano corriente. Tengo mucho que decir, y pocas ganas de hablar. Muchas dudas, aunque todo claro. Bastante decepción y poco miedo. La reflexión y yo, desde hace mucho tiempo, nos entendemos. Solía unirnos un amor-odio temperamental destructivo, pero últimamente me he amoldado a sus bases. Entiendo sus razones y me ponen sus consecuencias. Nos encontramos todos los días, en el catre de mi mente, un par de veces, o tres. Después de cada palabra, cada mirada, cada comentario, cada acontecimiento, cada alegría, cada ostia, cada historia... Aparece, y nos fundimos en una detonación introspectiva que, con vehemencia, me empuja a entender un poco más todo lo que me rodea. Sus parientes, las conclusiones, han tenido siempre un atractivo especial para mí. Mi entendimiento y ellas se desmelenan en desmesuradas bacanales analíticas, estimuladas por este gran grado de observación que muchas veces me hiere haciéndome ver más de lo que preciso. A pesar del amor que aparentemente proceso por esta estirpe abstracta, existen en ella varios entes incompatibles con mi identidad: Las decisiones. Y todavía hay alguien peor en este linaje. Un elemento cuya compleja y siniestra naturaleza me produce repulsión: La decisión final. No me gusta su tajante intención, ni tampoco sus efectos. Lleva por bandera un doloroso punto final categórico y su tiranía bombardea con crueldad el pecho de quien la toma. Nunca nos hemos llevado bien. Serpenteo entre mil hipótesis antes de aferrarme a ella. El problema es que, padece manía persecutoria unilateralmente diagnosticada, por tanto me fuerza y me presiona, obligándome a tomarla y quebrantando mi propósito constante de estar bien con todo el mundo. Tiende a acosarme, y la vida, que es cómplice absoluta e incondicional de las cosas difíciles de hacer, me arrastra hasta ella. La lucha interna entre esta ininteligible progenie de entidades abstractas y yo terminó cuando empecé a llevarme bien con la ya mencionada matriarca: La reflexión. Su filantropía para conmigo es pasmosa. A diferencia de los arranques impetuosos no analizados, la meditación y la cavilación especulativa suelen brindame grandes ventajas a la hora de vagar por la existencia. Invito a cualquiera, sea cual sea su nivel de su obstinación, a reflexionar con cierta asiduidad. Aun así, lanzaré una nota en defensa de la reflexión, con el fin de proteger su trascendente envergadura: No se acuesta con cualquiera. Detecta con una precisión asombrosa las pretensiones de quien se entrega a ella. Dejando a un lado la lascivia que ha acompañando cada metáfora de este texto, diré que, bajo mi punto de vista, una reflexión ha de ser humilde, el motivo de hacerlo ha de ser limpio y desde un principio ésta ha de estar abocada a la toma de la anteriormente referida "decisión final". Si alguien no sabe reflexionar que no intente hacerlo. A la instrospección lo le excita la intransigencia. 

A modo de colofón garrulo, remataré estas líneas exponiendo que allá cada uno con su empecinamiento, pero os diré que, a diferencia de una rosa, que no elige su color, el lugar donde crece ni la hierba que la rodea, nosotros sí somos responsables de lo que acabamos siendo. 
Reflexiona sobre esto.

viernes, 13 de septiembre de 2013

viernes, 5 de julio de 2013

Requerimiento

Carta de madrugada

No sé bien si esto se debe a la sublevación hormonal que provoca la menstruación en todo cuerpo femenino… Supongo que sí, y más sabiendo la insurrección de sentimientos que se producen en mi pecho cuanto la condición de mujer aparece pisando fuerte en mi vientre cada mes. Siempre interpreto que, de alguna manera, la naturaleza me pone a prueba  y me recuerda en cada punción mi capacidad para dar vida más allá de la mía. Es el precio que me toca pagar. Sabes que tengo bastante facilidad para enlazar unas cosas con otras, dándole vueltas a todo, hasta terminar planteándome tesituras insospechadas. Ha habido hoy un momento en el que me he visto tumbada, con una mano en el abdomen, otra en la frente y pensando en las mil frases con sabor a sueños que hemos intercambiado durante todo este tiempo… Te juro que esas tropas de palabras me asaltaban armadas, con provisión y bastimento suficiente como para derrotarme el alma sin contemplaciones. He recordado… y he seguido construyendo utopías, para variar.
No sé por dónde empezar, porque hoy he ido demasiado lejos en materia de sentimientos. La vida bohemia, bajo secreto de sumario, ha actuado partiéndome en dos, en una partida de ajedrez esta tarde. Me ha dejado en jaque, aniquilándome los caballos, consumiendo y arrasando con la protección de los alfiles y dejando las torres en una laxa flaqueza. Me ha puesto las cartas sobre la mesa y me ha recordado, sin precedentes, que el tiempo que nos sostiene es pura pólvora.
 Supongo que utilizaré mi procedimiento de explicación preferido: La inducción. Iré de lo particular a lo general. Puesto que soy amante de los detalles y del cultivo continuo de los sentimientos, partiré de uno de estos últimos: El temor. Tengo miedo, bastante miedo. No te hablo de mis peculiares fobias a las alturas, las grandes masas de agua o el aire comprimido en los globos… Intento hablarte, con estas líneas, de situaciones trascendentales que van siempre “más allá”…

¿Te has parado a pensar alguna vez en que el infinito solo es un término matemático intangible e ininteligible? No puede conjugarse con la naturaleza humana… No entra en juego con la condición terrestre… Nosotros, somos finitos. Un río de sangre y vida nos deja caer un día en el mundo, entre las piernas de una mujer, siendo seres completamente indefensos. Según los vestigios filosóficos que mi mente alberga, Aristóteles dijo que la mente al nacer es como una  “tabula rasa", en la que nada hay escrito. Si mal no recuerdo, aquel librillo naranja de Platón (maestro de Aristóteles) dictaba que partiendo del principio de la tabula rasa, el conocimiento comienza en los sentidos. Con carácter concurrente, las captaciones de los sentidos son aprehendidas por el intelecto, generándose así el concepto y llegando de este modo al conocimiento. Bien, dicho de otra manera y yendo contra mis principios (pues sabes que adoro la filosofía) lo que se escribe en la famosa “tabula” son las miles de ostias que nos damos a lo largo de la vida y esa, es la única fuente de madurez, sabiduría y conocimiento… Aprender y aprehender del dolor. ¿Dónde pretendo llegar? Sé perfectamente que mi verborrea puede llegar a ser fatigosa y cargante, pero para mí, extenderme es una necesidad vital. Volviendo al mito que he rescatado de los recuerdos epistemológicos que una vez grabé en mi memoria, todos nosotros tenemos una de esas tablas, donde vamos narrando la vida. Cada uno lo hace a su manera, con buena o mala letra, con tinta espesa o diluida, pausadamente o con presteza… Pero al fin y al cabo, redactamos lo mismo… Una vida. Esto puede asemejarse a una apología de la libertad porque, efectivamente, no tenemos ataduras a la hora de congelar momentos en el blanco de este papel…Somos, aparentemente libres. Pero, volviendo a utilizar el campo matemático como argumento, el papel es tangible, inerte y finito… Es algo que tiene fin, que perece. Llega un punto en el que mientras escribimos, llegamos al final del folio y no importa si nos quedamos a mitad, si no terminamos la narración, si faltaron detalles o si no nos dio tiempo a ornamentar con suficientes florituras… Es un arma de doble filo, pues no somos conscientes del papel del que disponemos, por tanto, no somos conocedores de dónde y cuándo tendrá lugar el fin. No nos concede nadie el beneficio de la preparación… El día que se acaba, se termina sin más, y con él, nuestra vida dibuja un vacilante punto y final.
Tengo miedo a escribir. No importa que la vida, de pequeña, instalara en mis venas la retórica… Yo creo que ese es el motivo de tener más miedo que los demás a plasmar trazos de tinta en mi papel. La bohemia, el pensamiento profundo y yo vivimos abrazados. Éstos me acompañan entre mis líneas, provocando que caiga en coyunturas meramente desesperantes, pero que son el reflejo de la cruda realidad.
Hasta hoy he escrito mucho, aunque poco para lo largo que ‘supuestamente’ es el papel. Tengo muchas expectativas, muchos sueños y muchas ganas de vivir, pero me provoca una irremediable agonía el hecho de pensar que algún día cerraremos los ojos, tomaremos aire por última vez y abandonaremos el mundo de puntillas, dejando en la Tierra, egoístamente, derrotados corazones descosidos, que llorarán dolor al presenciar nuestra partida. Tengo miedo a “querer”. No quiero quererte, ni quiero querer al resto de mis amigos, ni a mi futuro marido, ni mis hijos, ni a mi madre, ni tampoco a mi hermano. Es inconmensurable el dolor que me ataca al pensar que algún día, no sé cuando, dejaré de oír vuestras voces, de acariciar vuestras pieles, de escuchar vuestras risas, de miraros a los ojos, de abrazaros… y de simplemente, veros. Ya sea porque me vaya yo, o porque vosotros me digáis adiós a mí. Se me hace tremendamente duro pensarlo. Ayer, mirando a la nada, vi cómo una bandada de pájaros trotaban juntos en el aire buscando el cielo… Sabes que soy una metáfora personificada, e intenté hacer una similitud de ellos con nuestra terrenal vida. Terminé y concluí sin entender su proceder. No comprendí esa ansia por volar tan alto, hasta casi rozar el cielo. Yo, si pudiera, me aferraría a la vida, arañando el suelo sobre el que nací y en caso de opresión, correría, lejos, bien lejos, sintiendo la tierra bajo mis pies y la tensión de la gravedad amarrándome hacia abajo. Correría, llorando, descalza, sin ningún tipo de indulgencia ni piedad para mi anatomía, destrozándome los pies y dejando que la naturaleza penetrase en mi ser, hasta que el horizonte me frenase en seco.
Soy una simbiosis de sentimientos que siento por vosotros… Eso es lo que me da vida. Sin conocer, ya quiero a la persona que compartirá conmigo sus días, y sin ni tan siquiera existir, vendería ya mi espíritu al diablo por esas pequeñas vidas que yo misma alumbraré en un futuro. Sois mi sustento, la razón de mis días y el sabor de mis sonrisas. Sois mi pena, mi condena y mi sentencia, y al mismo tiempo sois las piezas que componen mi alma. No os quiero querer, pero os quiero a niveles que extrapolan los límites del verbo “amar”. 
Llegará un día en el que la juventud y el vigor serán sustituidos por surcos dibujados en el cuerpo, cabello blanco y piel transparente. La respiración, con los años se irá haciendo más dura, hasta el punto en que expiremos y nuestra vida se diluya en la tierra que un día unos vio crecer. El día que mis huesos se conviertan en polvo, si todavía sigues en el mundo, no olvides que te estaré esperando en esa primera nube, nada más entrar allá arriba, a la derecha. Si no vuelvo, sonríe, porque eso significará que allá arriba se es más feliz de lo que ya habremos sido aquí abajo, en el mundo de lo insignificante. Te mandaré señales. Cuando algo se caiga al suelo, seré yo que lo habré tirado, para que te agaches a recogerlo y estés más cerca del suelo, con el pretexto de recordarte que sigues aferrada a la tierra… A la vida… Con el fin de recordarte de que sigues viva. Cuando amanezca, tendrás que tener en cuenta que has de guardar en tu memoria cada salida del sol para mi colección de amaneceres… Y ya sabes que cuando llueva, seré yo, llorando a tu lado. 

Te escribo esto hoy, por si mañana se me acaba el folio.

Te quiero.

Laura

lunes, 17 de junio de 2013

Recado

Llorar sin motivo es muy gratificante. Desde los sumideros de las entrañas brotan, de vez en cuando, sinsabores dolorosos que, silenciosamente, emborronan la línea que dibuja la silueta del alma, dejándonos desprovistos de entendimiento para darle sentido a todo lo que nos rodea, y dejándonos, al mismo tiempo, despojados de sentido propio. Sentirse desvalido, mientras el jugo sentimental fluye por el rostro, erosionando la imagen que mostramos al mundo. Me caracterizo por ser persona exánime en materia de lágrimas, pero no tanto como para derrochar sentimiento cristalino al abrazo de dos atardeceres consecutivos. Y no sé porqué. Siento cómo el descaro de la vida, la insolencia cronológica y el cinismo burlesco de mis errores me recorren la piel apoderándose de cada una de mis terminaciones nerviosas, arrebatándome la sonrisa. Noto cómo la decepción propia se apodera de mi razón. Veo, cómo la desilusión se convierte en homicida de aquella mínima auto-compasión que hace poco vivía en mi. Soy simpatizante del drama en la retórica, pero no me complace sentir cómo fluyen las palabras entre mis dedos mientras describo la desdicha. No tengo ni la más remota idea de qué me está pasando. Tal vez estoy creciendo, o la vida me está presionando a tal efecto. Crecer... Ese término no brinda, precisamente, caricias de consuelo a esta tesitura, puesto que conforme crezco yo, crecen mis dudas. No me soluciona nada crecer. Los días me balancean entre unas horas y otras... Al amparo cíclico de las semanas... A la espera de nada. Conforme materializo estos pensamientos, dos bolitas de cristal peregrinan desde mis ojos hasta la comisura de mis labios, lugar donde se encuentran y al tiempo que se hacen el amor al son de la pesadumbre, se convierten en recaderas de un mensaje con sabor a sal. Amargo. Un encargo que me recuerda cosas que ya sé. Me escuece el alma y me pesa el pesar. No puedo dejar llorar.

jueves, 16 de mayo de 2013

Pestañear


Como consejo paliativo frente a cualquier problema, la gente suele sentenciar máximas del tipo "Todo tiene solución, menos la muerte". ¿Quién no lo ha dicho alguna vez? Yo sí, por tanto me incluyo y puedo decir que soy partícipe directa de esa deshonra verbal pronunciada. No sé cómo el ser humano se atreve a sustanciar en una frase ese ente abstracto que, vacilante, dibuja un punto y final a una vida. La vida... ¿Qué es eso? Nadie lo sabe, a pesar de que poseemos una palpitando a contrareloj en nuestro pecho. No voy a recaer en definiciones bohemias, ni en florituras que vayan en consonancia con la retórica que suele poblar mis textos. Seré clara: La vida es la puta de la muerte. Su más fiel cortesana. Su fulana tiranizada. Su sierva, odiosamente dominada. Se sirve de ella, y de sus atributos, cuando su codicia hambrienta acecha. Le desgarra las vestiduras sin indulgencia... Sin clemencia... Sin llamar... Sin pedir permiso. La vida llora, y grita, pero nadie la escucha. Sólo son dos. Dos dimensiones. Dos esferas jugando una partida de ajedrez eterna. Y siempre pierde la vida, cayendo rendida a los pies de la gran estratega. La vida... La muerte... Dos círculos concéntricos... Dos magnitudes entrelazadas. Inseparables. No hay una sin la otra. La vida, por desgracia, sufre el Síndrome de Estocolmo, aquel que lleva por bandera una serie de respuestas afectivas que una víctima en cautiverio desarrolla hacia su raptor. A pesar del saqueo emocional, la vida está enamorada. Quiero ver quién es el valiente que se decide a lidiar entre ellas. Debatirse, entre eso, entre la vida, y la muerte, como popularmente se dice. Nadie se detiene a pensar nunca en esto. Sólo cuando el proxeneta de negro se acerca, recaemos en instrospecciones y cuestiones vitales sin respuesta, pretendiendo acogernos a algo. No intento responderme, ni que nadie me conteste. No existe hoy, para mi, comentario atenuante, ni palabras que con las mejores intenciones puedan mitigar el desasosiego. Entre el humo del café que tengo delante palidece la angustia. La impotencia me inunda. Lo cierto es que me duele hasta pestañear. Que alguien detenga el tiempo. Dadle una patada al puto reloj.

lunes, 22 de abril de 2013

En vena

Esto de hacerse abogado, es jodidamente denso.





martes, 19 de marzo de 2013

19 de marzo

Días en los que, por desgracia, no hay sentimiento alguno para honrar un principio, un origen...
Hay una frase, de mi cantante, que versa: "Cuando crecen mis complejos, veo tu sombra"... Puedo asegurar, que cuando crecen los míos, veo su sombra también. Y sí, su sombra, porque es lo único que recuerdo. Una sombra, oscuridad. Una ausencia desgarradora.
No tengo nada que celebrar.



sábado, 2 de marzo de 2013

Así es

He llegado a la conclusión de que el hecho de decir "se me está yendo de las manos" no es más que una forma de intentar esconder,sutilmente, que ya se te ha ido.

Y ahora digo yo: SE ME ESTÁ YENDO DE LAS MANOS.
Nada más que añadir.


lunes, 28 de enero de 2013

El recuerdo de la luna

Acabo de recuperar esto. Sonrío al pensarlo. Me estremece sentirlo, aún, tan de cerca.

Salgamos ahí fuera y tirémosle piedras a la luna, a ver si con suerte nos cae y la guardamos en la caja de galletas que hay encima del sofá. Guárdala. Dejaremos la noche a oscuras y todos creerán no estar viviendo. Excepto nosotros. Una vez la guarde, cerraré la caja, me sentaré encima y te comeré a besos como si mañana no fuésemos a despertar. A oscuras...Dibujaré ansiosamente con mis dedos la silueta de tu vigoroso y recio cuerpo. Te acariciaré el pelo y poco a poco, esos dulces roces se convertirán en feroces tirones impulsivos, propios de una justificada perturbación. La perturbación por tenerte delante...Me abalanzaré sobre ti y te susurraré al oído esas palabras que me dedicabas los viernes de madrugada. Te las recordaré y sin prejuicios ni reparos, nos envolveremos en una atmósfera jadeante, ultrajando el respeto a nuestros propios cuerpos y haciendo sudar a las pardes... Las gotas de sudor se deslizarán por el crital del marco de fotos de tus tíos de Jaén y morirán ahogadas las caléndulas del salón. Beberemos daiquiris de La Habanna, Absenta o Whisky escocés, sin obedecer a la abstemia programada en cada fin de año. Temblará todo y el cristal de la entrada se resquebrajará, colisionando contra el suelo al mismo tiempo que un sollozo varonil se apoderará del eco de toda la casa. Todos nos oirán, pero nadie será capaz de vernos...La luna estará en la caja... La noche estará a oscuras... La vida seguirá pasando ...y yo, seguiré con el deseo de no querer estar jamás a más de tres centímetros de ti, maniatándote y recluyéndote por siempre entre mis piernas, mientras me sujetas con fuerza el rostro y me recuerdas que aunque capturemos la luna y creemos la oscuridad, solo cuando tu luz interior se apague, deje de sonar el 'tic-tac' del reloj y abandones este mundo, te separarás de mí. Hasta ese momento, con la luna recluída, seguiré amándote a oscuras, bajo las sábanas, todas las tardes de mi vida.


domingo, 20 de enero de 2013

Disyuntiva

Toda la fuerza mental y la capacidad cognitiva de tener la noción espacio-temporal controlada, me la anula con un simple atisbo concupiscente... Y lo más lindo es que es sin premeditación... Sin darse cuenta... Difuminando la situación con pinceladas de estridente dejadez, tanto, que desde aquí se oyen los golpes bajos... Para mí no habla, sino que lanza palabras al aire...Vocablos y enunciados que yo cojo al vuelo y reúno a mi modo, componiendo las líneas que yo quiero... Dicen que de graves errores y embustes está cargada la Historia... No iba a ser menos la mía, ya que queda relegada, inexorablemente, al subsuelo vital... A la temática más mundana... A jóvenes historias que no hacen más que corroborar las lascivas teorías de psicoanalista austriaco... Todo gira entorno al mismo rojo epicentro...  Todo acto tiene un fin en si mismo, y todo fin conlleva un riesgo.
Situación que es un cómputo perfecto de la más odiosa ilusión. Conjetura que me cansa. Coyuntura que engloba una postración mental injustificada.
Se me está acabando la paciencia

lunes, 14 de enero de 2013

A MIS PSICÓLOGOS.

A modo de nota rápida, entre leyes y jurisprudencia, a las 4h de la madrugada, os quería decir algo: Para empezar, no sé muy bien en qué idioma debería decir esto, puesto que me dirijo a dos personas totalmente opuestas en todos los sentidos: Una, castellano-parlante, con raíces paternales "del interior de las Españas" y el otro, parlante profundo y acérrimo del más arraigado valenciano de huerta. Lo haré en castellano, cumpliendo con protocolos y costumbres absurdas. Le cederé el privilegio a la señorita. Bien, sois, ambos, dos personas fundamentales en mi vida. Cada uno, ha dejado una huella exageradamente importante dentro de mi corazón. Cada uno a su manera... Con distintos matices... Desde distintos puntos de vista, desde diferentes posiciones... Variando los modos, pero con un factor común: un "querer" brutal. Me habéis dado, disparando con precisión de relojero suizo, en el epicentro del cuerpo, provocando que cada poro de mi piel exhale ternura por vosotros... Justamente, ambos estudiáis Psicología... ¿Quién lo diría? Echad dos años atrás... Ahora 6 años más... Dejaos llevar por el paso del tiempo... Acelerad... Plantaos en el 2005... 12 añitos... ¿Quién me diría a mi que esa persona con la que aprendí a escribir mi nombre, que compartía pupitre, pelota, bocadillo y colorines conmigo, llegaría a ser quien es hoy, con 20 años, para mi? Y ¿Quién me diría que aquella que, por aquel entonces ni siquiera conocía, iba, prácticamente a alimentarme el corazón? Me encantan las vueltas de la vida y sus repentinos cambios coyunturales... Pero odio las vueltas que le doy yo a las cosas, porque os estaba hablando de que ambos estudiáis Psicología... Después de todo. Después de tantas vueltas. Al final, aterrizamos. Hoy tenéis un examen, la misma prueba. Una evaluación de conocimientos. Un papel blanco sobre el que esbozar líneas. Una simple comprobación analítica y numérica de una tarea memorística bien hecha (ya veis lo que es el sistema...) Sois dos personas jodidamente inteligentes,(y esto no son adulaciones baratas del momento, es la verdad hecha palabra) pero salga lo que salga, cuando hagan el recuento de fallos y aciertos, tanto si el resultado es positivo como si es negativo, no será equiparable a lo que sois en el día a día. Conmigo no cometéis fallos. Nunca. Si hacéis alguna vez algo mal, lo vuestro no son delitos, ni faltas...(Ya tengo que dejar la pizquita del Derecho) Son simples pruebas, pruebas de la vida... La vida, esa a la que tanto le tengo que agradecer... Porque pienso, pienso y llego a la conclusión de que hay un universo, miles de galaxias, planetas, astros... En el planeta en que vivimos, continentes, mares, países, ciudades, pueblos, millones de habitantes... Y, alguien, no sé qué ni quién, me hace toparme con vosotros. Físicamente... Espiritualmente... Os pone en mi camino... en mis 5 sentidos, en mi corazón. Os digo, sinceramente: Un placer, un verdadero placer coincidir en esta vida.



Ambos a la izquierda de la imagen. Esta foto era idónea... Cada "loco" con su tema. Ellos... Sus locuras, sus manías, sus historias... Los psicólogos... Los míos. Dos mundos; dos vidas. Mis días. Mis hombros. Mis sonrisas. Simplemente, mis amigos.   

miércoles, 2 de enero de 2013

Nunca

Como un tiro. Efectivamente, como un disparo. En medio del pecho. Instantes que estremecen. Situaciones propias del crecer. Cambios coyunturales que desgarran. Pérdidas. Pérdida de todo. Me han congelado el corazón... Me han pintado retinas de blanco.
Extrañarse es empezar a entender.

domingo, 16 de diciembre de 2012

No sabe, no contesta.

Yo era aquella que creía suyo el control propio. A veces pienso que no tengo ni un mínimo vestigio de conocimiento sobre mi interior. Vivo en un mundo paralelo, con la más utópica vesania por bandera. No sé lo que siento, ni lo que quiero, ni porqué lo pienso, ni porqué no dejo de pensarlo... Creo que es más que un juego de palabras. Simplemente, se está convirtiendo en algo más que un simple juego, y yo no me estoy dando cuenta... Nadie se está percatando, hasta el día que nos estalle en la cara, a bien o a mal, pero tanta tensión y tanta pasión confinadas nos son más que el preludio de, como mínimo, algo fuerte. No sé si se materializará en lágrimas, o si rodarán botones arrancados por el suelo... No lo sé. Dejemos que pase el tiempo, en contra de mi voluntad, puesto que no hay actitud que odie más que la que alude a vivir en una posición puramente pasiva. Soy defensora del hecho de actuar pasionalmente en todas las situaciones... En todas. Actuar, sin importar lo que pueda ocurrir después... En esto, y conociéndome, no sé porqué permanezco paralizada.  Al fin y al cabo, yo sé lo que va a terminar pasando. Soy visionaria de lo evidente, cosa que tampoco tiene mucho mérito. Podría decirse, por tanto, que soy realista sin diagnosticar. Realista con temor a la realidad. Esto es la proyección de múltiples carencias que uno tiene cuando es niño.
Esto del amor, señores, es una embrollo caótico y un hilo prolongado que, sin condescendencia atraviesa el alma. Aunque no quieras. Aunque te duela. Nadie se libra. 




domingo, 9 de diciembre de 2012

domingo, 25 de noviembre de 2012

Arena

Hay momentos en la vida, que son determinantes, igual que esos suspiros que tienen siempre la última palabra. Vivo constantemente sumida en un compendio de sueños... Pensamientos varios que bailan con sentimientos y me inundan el corazón de utopías. Aun así, todo es un maldito sinsabor. Mis sensaciones bailan tangos durante el día, llevando la lascivia en volandas y masticando una jodida tensión carnal... Es lo que tiene ser de sangre caliente. A pesar de todo, este erotismo hereditario no sirve para nada. Todos los hombres que pasan por mi vida son como el gas: Volátiles. Nunca dejo que nadie se quede, cosa que va contra mis principios, puesto que pertenezco a la vertiente de los amantes de las relaciones largas. Creo que tengo un problema... O tal vez soy demasiado exigente. No pido tanto, creo. Supongo que no todo el mundo piensa de este modo y no se detiene en trivialidades de tal índole... Aun así, creo que todo son detalles... Las pequeñas cosas pueblan la vida. Donde alguien encuentra un beso, una caricia, una mirada, una sonrisa, un "te quiero", un suspiro... Yo veo, siento y transmito otras cosas. Digamos que soy más trascendental. No sé, yo no beso, estudio sin mirar. No acaricio, mantengo conversaciones a través de la piel. No miro, traspaso. No sonrío, intento confundir y hacer estremecer al otro al mismo tiempo. Creo que la frase que más me han repetido en esta vida es "tienes unos ojos muy bonitos"... Pues bien, esta mañana me he mirado al espejo y los he visto vacíos. Suelo tener un leve destello crónico en las pupilas, pero últimamente no está. Tengo la vista cansada de intentar ver "más allá"... Hoy por hoy solo veo un acopio de historias dormidas que, sinceramente, no sé a qué hora despertarán.

miércoles, 24 de octubre de 2012

300.000.000 m/s

El tiempo es un desafío constante. Me reta a mi y al mismo tiempo también provoca a la luz, creyendo que puede viajar más rápido que ella... Lo peor, es que es cierto. Los instantes y las historias se aceleran y corren por la esfera del reloj vertiginosamente. A veces, me da miedo... Otras veces sonrío por tener el placer de, simplemente, vivir la vida.
Hay una máxima, que un estudioso del paso del tiempo y de los efectos de éste, sentenció:
"La vida no significa 'vivir', sino saber para qué se vive"
Nicolae Iorga (Historiador)

Sé perfectamente para qué estoy aquí. Lo mejor de todo es que todavía hay mucho por descubrir, y eso indica que todavía queda un valioso porvenir y una vida, para ser vivida, en el sentido pleno de la palabra.




Tengo los segundos en mis manos.
Aprovecharlos, viviendo hoy como si mañana no fuésemos a despertar.
Esa es la cuestión.